Era un verano triste. Hacia calor y yo iba a la playa cada día. Solo pintaba y descansaba, ya que ni tenia que trabajar. Teóricamente debería haber irradiado felicidad y dejado una estela de estrellitas y pompas de jabón a mi paso… Pero era un verano triste. Me pasaba los días esperando que pasaran más días, sin disfrutar de nada. Pintando y esperando. Pintando e intentando estar bien.
Conocí a Korrecaminos en la Ciudadela una tarde. Tan sencillo como una sonrisa, una litrona y la historia de su vida. Me lo contó todo… o casi todo. Yo pensé que era una gran persona y creo que por primera vez no me equivocaba. Korrecaminos también estaba triste entonces, pero pasamos tres semanas en un sueño. Empezó el verano aunque fuera Septiembre. Fuimos a la playa y comimos arena. Y nos reímos tanto que fuimos felices.
No te enamores. Al principio lo dijo de broma, como para quitarle hierro. Pasamos un par de días juntos y terminamos irremediablemente cansados. Dormidos. Vamos, que como dice Korrecaminos tuvimos “sexo desenfrenado y esas cosas”.
No te enamores. Después lo repitió. Y repitió. Yo sentí miedo. Miedo porque era pronto. Y miedo porque no quería un otoño triste. Así que me marché y le dejé vestido de príncipe azul, con su caballo blanco. No veas que cabreo pilló Korrecaminos al verse ahí solo con aquella pinta de héroe de cuento y cara de tonto.
Para cuando volví el verano se estaba acabando y volvía a ser triste. Pero Korrecaminos no se había marchado, aunque se había cambiado el disfraz. Nos habíamos caído de la cama sin querer. Si bien fue él quien puso el despertador, le despedí con un beso muy cutre del que siempre se ríe.
Ha estado ahí desde entonces prometiendo cangrejos de peluche que nunca me regala. Buscando mi sonrisa cuando me siento triste como en aquel verano. Demostrando que no todos desaparecen sin dejar rastro y creando magas de nivel 10 para que juegue al Wow. Repitiendo una y mil veces cuando le cuento mis historias: No te enamores.