lunes, 27 de julio de 2009

El traslado de expediente a la UB.

Quien me conoce sabe que soy una histérica y que me ahogo en un vaso de agua. Bueno… eso lo dice Cloe, pero sé que a pesar de ser una teenager a veces es mas lista que el hambre. Es cierto que me agobio por chorradas pero eso nunca me ha afectado en lo que a estudios y trabajo se refiere.

Después de cuatro años de carrera en los que me había bebido todo el Kalimotxo de Salamanca y el Lambrusco de Milán decidí venir a ver lo que se tomaba en Barcelona. Como no me concedieron la Séneca, tuve la brillante idea de pedir un traslado de expediente a la UB. Las secretarias de Salamanca me advirtieron que la tarea sería ardua y compleja. En aquel momento pensé que era por ahorrarse papeleo y trabajar menos pero ¡cuanta razón tenían aquellas educadas mujeres a las que tomé por burócratas normales!

Con ansias de urbe y de vivir con Cloe, mi bestfriend del momento, llegué a Barcelona mas contenta que unas castañuelas con mi solicitud aprobada y la convicción de que me quedarían 4 o 5 asignaturas para terminar. Cual fue mi sorpresa al descubrir lo que era la convalidación de créditos.

Había cursado 4 de 5 años, con sus créditos de libre elección, sus optativas y sus troncales. En Barcelona el tiempo discurre más despacio que en el resto de ciudades por lo que a efectos legales (y 2 meses después de que empezara el curso debido a la eficaz labor de los secretarios) yo había estudiado 2,5 años de 4. Estupendo. No solo tenía que rehacer media carrera sino que además en la mayoría de parciales tenía sendos 0 por no haber asistido. Es extremadamente difícil asistir a asignaturas que no sabes que vas a cursar pero eso los profesores de la UB son incapaces de entenderlo.

Dormí debajo de una montaña de guiones para cómic, botes de aguarrás y puntas de tableta gráfica inservibles. Mi agenda echaba tanto humo que pensé que a Cloe se le habían vuelto a quemar los garbanzos. Tras un par de meses de descansar poco y salir menos conseguí aprobarlo todo y con nota.

En el segundo cuatrimestre tenía menos asignaturas y decidí hacer un Postgrado para terminar con los créditos de libre elección. En la secretaría no me pusieron ningún problema. Por supuesto, se trataba de pagar un Postgrado. A la hora de pasar la tarjeta por la maquinita ni siquiera los burócratas de ponen pegas, aunque no lleves la fotocopia del DNI por triplicado… ¿Alguien sabe para que necesitan las secretarias tantas fotocopias del DNI? ¿Qué demonios hacen con ellas?

Terminé la Licenciatura y el Postgrado pensando, inocente de mí, que solo hacía falta llevar las notas y hacer el reconocimiento de créditos. Resultó que meses después de terminarlo, aquel curso no servia como libre elección ni para nada en general. Los motivos me entraron directamente por un odio y me salieron por otro. En aquel momento yo era una histérica ahogándome en un vaso lleno hasta los topes de fotocopias compulsadas.

Harta ya de tanto lío, tantas horas esperando en la cola de secretaría, tanto papeleo y tanta reunión con la jefa de estudios escribí directamente al Rector. Me cagué en él, en la secretaría y en la Hidra de Tres Cabezas que te hacía preguntas para dejarte entrar en la Facultad de Bellas Artes. Eso sí, debí de defecar mis palabras con tanta elegancia y salero que el buen señor fue directamente a los secretarios y les dijo que hicieran lo que fuera pero que me dieran el título de una vez. De hecho, fue la mismísima jefa de estudios, reina de los Ogros y garante de los Misterios Universitarios, la que hizo un chanchullo de lo más raro para que me dieran el resguardo.

Con un golpe de tarjeta final me dieron una mierda de papel en el que pone que soy Licenciada y que me enviaran el título dentro de más o menos un año. A lo mejor tienen que pasar por Mordor a que lo firme Sauron y le ponga el sello oficial de la Tierra Media.

viernes, 24 de julio de 2009

El síndrome del hombre moderno.

Aunque esta historia se llame el síndrome del hombre moderno, si la hubiera escrito un tío podría haberse llamado perfectamente el síndrome de la mujer moderna. Cada persona es un mundo y blablabla contra el sexismo y todas esas gilipolleces que no se dicen para quedar mal. Este es el relato de una chica que esta hasta las narices de que los chicos sean tan nenazas.

Llega un momento en la vida de toda mujer en el que no le apetece hablar las cosas. Después de un montón de años de citas infructuosas y domingos de somnolencia, a la par de diversas relaciones a las que no termina de encontrar sentido alguno, lo que quiere una chica de 23 años es simplemente: hacerlo.

Llegamos a nuestra plenitud sexual después de haber pasado por nuestro primer novio, la uni, la Erasmus y la gran ciudad. Estamos empezando nuestra carrera profesional, tratando de decantarnos por una especialidad u otra. Intentamos elegir un lugar que se adapte a nuestras necesidades y mantener el contacto con un número cada vez más creciente de amistades. En medio de toda esta amalgama de idas y venidas de repente aparece una persona con la que te sientes "a gusto".

Porque se suele denominar así: a gusto. No dices “estoy ilusionada”, ni “estoy contenta”, ni “me rio tanto con él que a veces me sale cocacola de la nariz”. Dices: “estoy a gusto”. Y no es precisamente por hablar por lo que estas “a gusto”.

El caso es que pasan dos semanas. De repente contemplas un semblante serio y te dices a ti misma: “¿dos semanas? ¿en serio?¿ya?”. Y él, como leyéndote la mente, corrobora todos tus temores diciendo:

- ¿Qué piensas tú de lo nuestro?

La caja de Pandora se abre con un “crack” que oyes desde tu subconsciente: “¿Hay un nuestro? ¿Qué? ¿Llevo una caja de 12 condones en el bolso para nada? ¿No seria yo la que debiera estar preguntado esto? ¿Debería estar esperando poder tener una relación sentimental para después poder casarme y tener 5 hijos? ¡Pero en qué cabeza cabe! ¡Por dios! ¡Vale que esté emancipada y sea teóricamente adulta pero tengo solo 23 años! ¿Qué se supone que debo decir ahora?” Tras un tenso silencio en el transcurso del cual seguramente te ha salido humo de tus orejas aciertas a decir:

- No tengo la respuesta a esa pregunta. Casi no te conozco.

“¡Si! La has clavado, nena. Eso te asegura por lo menos un par de semanas más de sexo sin compromiso. ¿Será posible que tenga que preguntarme él algo que ni siquiera yo me he preguntado?”

La sociedad, las películas de Disney y la gente en general dicen que las mujeres piensan demasiado. Tal vez sea cierto. ¿Pero porque debería estar pensado precisamente en una relación? ¿Es que no pueden dos personas que se llevan bien disfrutar juntas sin tener que pensar en el futuro?

El problema después de “la conversación” es que ya no puedes dejar de pensar en otra cosa. “¿Hacia dónde va esto? ¿Sufriré? ¿Qué pasa si uno de los dos quiere más que el otro? ¿Qué pasa si me enamoro y se marcha como Fulano? ¿Qué pasa si me enamoro y es un capullo como Mengano? ¿Qué pasa si me enamoro y hace (introduzca aquí un dato por el que está traumatizada) como (introduzca aquí un nombre de un exnovio)?”

Odio “la conversación” el 88% de mis historias terminan al tener “la conversación”. Prefiero alargar ese limbo del principio en el que todo es maravilloso y no me planteo cosas el máximo posible. Porque no tengo edad de plantearme cosas, ni quiero hacerlo. Entiendo que se deba hablar para que ninguno de los dos salga herido pero ¿es que no puede una chica disfrutar del principio sin pensar en el final?

Tal vez no sea que los chicos son todos unas nenazas. Ni que las chicas piensen demasiado. Tal vez sea tan solo que las personas no se entienden al 100% cuando hablan. Que se guardan las cosas. Que esta llenas de traumas y de temores y que no son conscientes de que a la otra persona le pasa igual. No creo que las mujeres sean de Venus y los hombres sean de Marte. Creo que cada persona viene de un planeta distinto, de una vida distinta y hacerlas congeniar del todo es una tarea prácticamente imposible. Digan lo que digan, este es un mundo lleno de extraterrestres que se aparean para crear una nueva super-raza de extraterrestres y entonces entenderse todos todavía menos.

lunes, 20 de julio de 2009

El año en que terminé de volverme loca.

¿Qué quieres?
Has estado 22 años diciendo que estudiar Bellas Artes
Ahora tienes 23 y no puedes contestar.
Pues qué mal…

El problema cuando cumples tus sueños es que no te quedan más sueños. O los que te quedan son tan difíciles de conseguir que te apetecen vacaciones de sueños. Pero entonces, sin comerlo ni beberlo, entras en una especie de limbo sensorial en el que no paras de preguntarte cosas:
¿Quién soy?
¿Qué hago aquí?
¿Qué hice ayer?
Lo último te lo preguntas si te fuiste de fiesta para no hacerte mas preguntas.

En teoría, cada etapa de tu vida empieza y termina con una crisis. Después viene un cambio. Después otra etapa de tu vida. Creo que el 88% de los universitarios que han terminado sus carreras (a los que todavía estáis estudiando, por dios, no acabéis nunca) han pasado por esa crisis. A partir de ahora, siempre que me invente una probabilidad utilizaré el 88%, que queda como más creíble.
A Delipenda le duró una semana. Siempre me contaba que se vino de París, se metió en Internet y encontró piso, master y trabajo en Barcelona. Claro que el año siguiente terminó desquiciada por la cantidad de faena acumulada. Eso si, a ella no se le nota mucho. Desde que tengo 5 años estoy convencida de que tiene superpoderes.
A mi me ha durado un año. Y lo que me queda. Hace poco le dije a Delipenda:
- Neni, creo que me estoy volviendo loca.
-Aeris, eso no es nada nuevo. –Y se echó a reír.- Siempre has estado loca.
- Bueno, pero ahora más.
- No empieces con tus crisis existenciales que te conozco.
Y es que llevo un año dándole mil millones de vueltas a mil asuntos y la verdad que no termino de decidirme por nada. Mis amigas están hasta las narices. Cloe amenaza con cortarme las rastas si le saco a relucir algún proyecto nuevo. Para ella es fácil, aun no ha salido de la adolescencia. Veremos lo que pasa cuando termine el master el año que viene y tenga que ir a trabajar de 9 a 21. Sabe que le tengo envidia porque sigue estudiando. Razón no le falta. Añoro profundamente ser estudiante.
Eso sí, cuando llega la nómina en fin de mes por un segundo se me pasa la tontería y me bajo a comer al Japo. Luego se me olvida que soy rica (dentro de mi mentalidad aun estudiantil) y compro cuatro litros de kalimotxo para el fin de semana. Bueno, lo del kalimotxo es por la mentalidad estudiantil y porque somos de Navarra y eso lo llevamos en la sangre.

La cuestión es que este siempre será recodado como el año en que terminé de volverme loca. Y el resumen de este año es que ha sido duro, triste y difícil. He descubierto que hasta la persona más cercana a ti te puede fallar sin querer, que puedes ser muy feliz aun creyendo que no lo eres y que los patos son los únicos animales que no tienen eco. He aprendido mucho y también he perdido mucho el tiempo. Me he sentido, de repente, una niña que no sabe qué quiere ser de mayor. Ironías de la vida, cuando era una niña sabía lo que quería ser de mayor.

Creo que voy a pasar de mi próxima crisis existencial. No se si toca a los 25 o a los 30 pero me da igual. Total, este siempre será el año en qué terminé de volverme loca y ya no que queda más cordura que conservar. Sobre lo que debo hacer ahora que estoy chiflada y soy una niña eso sí que al menos lo tengo claro. Hay que volver al principio. Se terminaron las vacaciones.

miércoles, 15 de julio de 2009

La crisis de los 50: Las gallinas de huevos de colores.

- Mi padre quiere teñirse el pelo de rubio. – Añadí entre risas. Cloe me miró extrañada y echó a reir.- No para de comprarse colonias y ropa nueva. Mi madre esta hasta los webs de las excentricidades que…

Miré a Delipenda. No parecía sorprendida. De las tres era la más “normal”. No había estudiado arte como nosotras, ni se consideraba demasiado freak y, además, su familia podría considerarse de lo más standart. Siempre que le contaba algo ponía los ojos en blanco y expresión de ¿qué clase de paranoia estrambótica me vas a contar esta vez? A falta de tal gesto interrumpí mi relato y la interrogué con la mirada.

Su rostro enrojeció.

- Eso no es nada… - Comentó por lo bajini.
-¿Qué quieres decir?
-Mi padre se ha comprado gallinas sudamericanas.
-¿Qué?- El padre de Delipenda era un hombre serio y no demasiado hablador. Había trabajado toda la vida en una fábrica de coches. Si alguien me hubiera preguntado, hubiera dicho que era la persona más sensata del universo.
-Mi padre se ha comprado gallinas sudamericanas. Dan huevos de color verde y azul, bajos en colesterol…

Reímos hasta hacer temblar los cafés que descansaban sobre la mesa. La historia hubiera terminado ahí de no ser porque el padre de Delipenda fue desarrollando su extravagancia.

Al principio había colocado las gallinas sudamericanas en un campo que tenían a las afueras de mi pueblo. Les había puesto una valla para que no pasaran al huerto y se comieran lo que tenía plantado. La crisis de los 50 del padre de Delipenda comenzó a dar sus frutos cuando las tres nos mudamos juntas y nos traía los huevos verdes y azules que por cierto estaban de muerte.

Terminó construyendo una incubadora en la ventana de la cocina de su casa. La madre le había contado que todas las mañanas se despertaba con el insoportable PIO PIO PIOOOOOO de los pollitos y que la cocina olía a pis de gorrión. Para rematar la jugada, el padre había quitado la vaya del campo para que aquellos bichos “disfrutaran del verano”.

La miré con ojos llenos de esperanza y ella negó con la cabeza.

- Pase que tengamos un gato que se llame Culo pero no te voy a traer un pollito.
- ¡Pero dan huevos de colores!
- No vamos a tener una gallina en un piso de Barcelona. Ya tendrás gallinas cuando cumplas los 50.

martes, 14 de julio de 2009

El 26 de Mayo de 2009: El libro sin historia.

El stress y el cansancio hacían mella en mi cerebro aquel Mayo. Fui a la oficina con los papeles del médico. Volví a mi barrio después del trabajo pero me había dejado los papeles del médico allí así que tuve que volver. Después corrí a casa a por las cosas de la escuela y la playa, pero resulta que mis llaves descansaban en la mesa del salón así que llamé a Berta y me dijo que ella ya estaba en la escuela. Volví al centro y cogí las llaves de Berta y volví a casa… y después volví a la escuela para las clases de la tarde…

Teniendo en cuenta de que de mi barrio al centro había media hora en Metro no se como no me volví literalmente loca. Cada vez que entraba abría el libro de Harry Potter con furia y me enfrascaba en la lectura deseando estar en un castillo encantado y no en aquel vagón en el que hacía un calor espantoso… El trabajo, la escuela, los amigos y la playa… Nada parecía suficiente y sin embargo todo era demasiado.

Estar en el mundo real no era como estar en el mío propio. Bajar de mi nube resultaba a veces tedioso, a veces doloroso. Y algunas veces divertido… solo qué tenía que ver con noches que no recordaba demasiado bien… Poco a poco fui cayendo en la cuenta de que los daños irreparables provocados en mi cerebro por la actividad frenética de aquel año iban a desembocar sin duda alguna en algún tipo de obra absurda y sin sentido. Una obra que se me ocurrió en aquel vagón de metro el 26 de Mayo de 2009 y a la que decidí llamar el Libro sin Historia…

El Libro sin Historia debía de contener todas esas ideas absurdas que se me ocurrían cuando perdía el tiempo y me enfadaba por ello. Debía crear un blog lleno de historias perdidas. Un libro que no tuviera ningún sentido aparente, como todas esas cosas que nos pasan día a día, de las que tenemos unas veces la culpa y otras veces no.

Desee entonces escribir el libro sin historia, aunque nunca llegara a ser un libro. Tal vez incluso alguien lo leyera y le gustara. Podría ser que incluso fuera mi mejor trabajo algún dia. Claro que a lo mejor también una vez encuadernado podría alcanzar una altura de 11 metros y empezar a comerse gente.

Nota mental:
Escribir el Libro sin Historia para gobernar el mundo…

Nota mental 2:
Si quieres escribir algo coherente deberías bajar a la tierra de vez en cuando y comprobar que has cogido todo antes de salir de casa para no perder el tiempo en el metro y que se te ocurran todas estas estupideces.