- Mi padre quiere teñirse el pelo de rubio. – Añadí entre risas. Cloe me miró extrañada y echó a reir.- No para de comprarse colonias y ropa nueva. Mi madre esta hasta los webs de las excentricidades que…
Miré a Delipenda. No parecía sorprendida. De las tres era la más “normal”. No había estudiado arte como nosotras, ni se consideraba demasiado freak y, además, su familia podría considerarse de lo más standart. Siempre que le contaba algo ponía los ojos en blanco y expresión de ¿qué clase de paranoia estrambótica me vas a contar esta vez? A falta de tal gesto interrumpí mi relato y la interrogué con la mirada.
Su rostro enrojeció.
- Eso no es nada… - Comentó por lo bajini.
-¿Qué quieres decir?
-Mi padre se ha comprado gallinas sudamericanas.
-¿Qué?- El padre de Delipenda era un hombre serio y no demasiado hablador. Había trabajado toda la vida en una fábrica de coches. Si alguien me hubiera preguntado, hubiera dicho que era la persona más sensata del universo.
-Mi padre se ha comprado gallinas sudamericanas. Dan huevos de color verde y azul, bajos en colesterol…
Reímos hasta hacer temblar los cafés que descansaban sobre la mesa. La historia hubiera terminado ahí de no ser porque el padre de Delipenda fue desarrollando su extravagancia.
Al principio había colocado las gallinas sudamericanas en un campo que tenían a las afueras de mi pueblo. Les había puesto una valla para que no pasaran al huerto y se comieran lo que tenía plantado. La crisis de los 50 del padre de Delipenda comenzó a dar sus frutos cuando las tres nos mudamos juntas y nos traía los huevos verdes y azules que por cierto estaban de muerte.
Terminó construyendo una incubadora en la ventana de la cocina de su casa. La madre le había contado que todas las mañanas se despertaba con el insoportable PIO PIO PIOOOOOO de los pollitos y que la cocina olía a pis de gorrión. Para rematar la jugada, el padre había quitado la vaya del campo para que aquellos bichos “disfrutaran del verano”.
La miré con ojos llenos de esperanza y ella negó con la cabeza.
- Pase que tengamos un gato que se llame Culo pero no te voy a traer un pollito.
- ¡Pero dan huevos de colores!
- No vamos a tener una gallina en un piso de Barcelona. Ya tendrás gallinas cuando cumplas los 50.
Miré a Delipenda. No parecía sorprendida. De las tres era la más “normal”. No había estudiado arte como nosotras, ni se consideraba demasiado freak y, además, su familia podría considerarse de lo más standart. Siempre que le contaba algo ponía los ojos en blanco y expresión de ¿qué clase de paranoia estrambótica me vas a contar esta vez? A falta de tal gesto interrumpí mi relato y la interrogué con la mirada.
Su rostro enrojeció.
- Eso no es nada… - Comentó por lo bajini.
-¿Qué quieres decir?
-Mi padre se ha comprado gallinas sudamericanas.
-¿Qué?- El padre de Delipenda era un hombre serio y no demasiado hablador. Había trabajado toda la vida en una fábrica de coches. Si alguien me hubiera preguntado, hubiera dicho que era la persona más sensata del universo.
-Mi padre se ha comprado gallinas sudamericanas. Dan huevos de color verde y azul, bajos en colesterol…
Reímos hasta hacer temblar los cafés que descansaban sobre la mesa. La historia hubiera terminado ahí de no ser porque el padre de Delipenda fue desarrollando su extravagancia.
Al principio había colocado las gallinas sudamericanas en un campo que tenían a las afueras de mi pueblo. Les había puesto una valla para que no pasaran al huerto y se comieran lo que tenía plantado. La crisis de los 50 del padre de Delipenda comenzó a dar sus frutos cuando las tres nos mudamos juntas y nos traía los huevos verdes y azules que por cierto estaban de muerte.
Terminó construyendo una incubadora en la ventana de la cocina de su casa. La madre le había contado que todas las mañanas se despertaba con el insoportable PIO PIO PIOOOOOO de los pollitos y que la cocina olía a pis de gorrión. Para rematar la jugada, el padre había quitado la vaya del campo para que aquellos bichos “disfrutaran del verano”.
La miré con ojos llenos de esperanza y ella negó con la cabeza.
- Pase que tengamos un gato que se llame Culo pero no te voy a traer un pollito.
- ¡Pero dan huevos de colores!
- No vamos a tener una gallina en un piso de Barcelona. Ya tendrás gallinas cuando cumplas los 50.

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